MI EXILIO INTERIOR

domingo, 17 de enero de 2016

Beatus Ille.

BEATUS ILLE

El cadáver apareció junto al carril, en la curva que había antes de entrar en la finca. La curva estaba en un alto, y a él siempre le gustaba, cuando conducía camino de su casa, mirar su pequeña casa de piedra y el techo de teja vieja allá abajo.
Frenó en seco. ¿Podía ser cierto lo que veía? Entre las altas jaras y las encinas, no había duda, había un cuerpo tumbado boca abajo. Se acercó; el cráneo hecho trizas de una pedrada había dejado derramar sangre y sesos sobre la arcilla rojiza. Le dio la vuelta y, aunque sólo quedaba la mitad de la cara,  reconoció con horror a Milú, “el Chispas”, el que no había querido, a pesar de ser electricista, ir allí para ayudarle con  las placas solares – y eso que estaba en paro.
Ese carril sólo conducía a su casa; aparte de él mismo, apenas si algún cazador o senderista despistado lo usaba  muy de tarde en tarde. Le echarían la culpa; o al menos la policía le molestaría con infinidad de  interrogatorios, citaciones, etcétera. No sintió, por lo demás, compasión alguna: tenía motivos para detestar a Milú. Y lo peor es que eso lo sabía mucha gente.
Bueno, cogió el móvil y llamó a la Guardia Civil. El los esperaría allí. Se entretuvo mirando los alcornoques, los brezos blancos, los madroños. Hubo interrogatorios, allí mismo, al cabo de media hora. Luego se lo llevaron al cuartel y se levantó el cadáver. Esa noche fue puesto en libertad.
Cuando al día siguiente fue al pueblo a comprar comida  notó que lo miraban mal, peor incluso de lo habitual. No había podido dormir en toda la noche. “¿Qué pintaría ese imbécil allí? No por haber muerto iba a ser menos imbécil”, se dijo.
El se había ido a vivir al campo, a aquella casa de piedra antigua con su pequeña finca hacía unos años, influido por sus lecturas sobre la vida en el campo, con un Don Quijote que se cree lo que lee en los libros de caballerías, y por su incapacidad  para adaptarse al ruido,  a la  vida en la ciudad: cervecitas, tabaco, pandillas de gente diciendo tonterías y tópicos, amistades si no peligrosas, sí falsas, abusones, por no hablar del horrible trabajo en la oficina, cambiando los papeles de sitio día tras día y soportando jefes chulescos.   Allí, por el contrario, había sido feliz, sobretodo mientras Amparo aguantó; pero sólo había conseguido  hacer amistad con dos guiris, que se acabaron yendo, y  algún que otro borrachín. Y, como le dijo Amparo antes de marcharse, lo importante no es qué es lo que haces, sino con quién lo haces.
El pueblo se convirtió en un hervidero de rumores, algunos de ellos completamente inventados. Todos, en los bares, en la calle, en las tiendas, de una forma u otra, insinuaban, cuando no afirmaban, su culpabilidad. ¿Se iba a tener que ir de ese lugar, con la ilusión que le había hecho buscar la casa, comprarla, arreglarla, plantar los frutales? Le había llevado años, incluyendo el tiempo que tuvo que trabajar en la odiosa compañía de seguros para ahorrar dinero.
Recordaba, por ejemplo, el día en que le abrió dos ventanas a la fachada delantera, de piedra seca, a las que les puso dintel y marcos de madera de castaño, y desde las que se veía, si se sentaba uno dentro, junto a la chimenea, los perfiles  de las montañas que formaban el horizonte. ¡Qué contenta se puso Amparo! Y además se había acostumbrado al lugar de tal manera que le resultaba imposible imaginar la vida en Madrid de nuevo.
A los dos largos días recibió una llamada de la Guardia Civil: debía presentarse en seguida en el cuartel, pues había un vecino que lo inculpaba directamente, y además afirmaba tener pruebas. Se trataba de un individuo apodado “El Kenia”. Albañil y ladrón a tiempo parcial, El Kenia afirmó, sentado frente a él y al sargento, que lo había visto discutir con Milú, la noche anterior a la aparición del cadáver, en la puerta de una taberna; él había amenazado de muerte a Milú, y si no habían llegado a las manos, fue porque él, el Kenia, lo había impedido.
Se indignó ante tal mentira; no comprendía además por qué, puesto que entre el tal Kenia y él no había nada, y juró y perjuró que  no era cierto; pero el sargento le dijo que se veía obligado a detenerle y que pasaría la noche en el cuartelillo, a la espera de ser llevado a la cárcel del juzgado del distrito el día siguiente.  Observó con asco la cara de satisfacción del Kenia. Por otra parte, el testimonio de un tipo como ese no podía tener demasiado valor, dado su estilo de vida; pero, eso sí, era “hijo del pueblo”.
Bueno, otra noche  sin dormir, y además entre rejas. No comprendía nada. ¿Qué clase de conspiración era aquella? ¿Quién se había cargado de verdad a Milú? ¿Por qué lo acusaban falsamente a él?
Fue puesto en libertad provisional al día siguiente, con cargos. A la vuelta al pueblo no pudo evitar la tentación de entrar en el bar de la carretera a tomar un café, que necesitaba, y también un poco a palpar el ambiente. Un borrachín se le acercó y le dijo con voz aguardentosa:
--Sé que odiabas a Milú porque no había querido ir a ponerte la luz en el cortijo.
No le hizo caso; pero percibía claramente el odio en las miradas, algunas esquivas, otras muy fijas, hostiles; sintió de pronto con claridad que no era, ni había sido nunca, bienvenido en ese lugar; estaba incluso el Farruco, el que  presentó con unos cuantos más una candidatura a la alcaldía diferente a lo de siempre,  que en las reuniones iba de jefe, pero en cuanto salían, se desmarcaba del grupo para que no lo vieran con ellos. Recordaba la reunión a la que él mismo había asistido.
Se fue al cortijo. Anduvo hacia el pozo, deleitándose en mirar las cumbres de las montañas en el horizonte, y pensó en relajarse allí un rato, allí,  donde tantas risas había compartido con Amparo cuando ella aún estaba con él, en los frescos veranos, a la sombra de la gran encina.   Llamó a Lars, el único amigo que le quedaba, a desahogarse un poco y ver qué opinaba; Lars tenía su casa a pocos kilómetros, aunque sólo iba algunos fines de semana; quedó con él y decidió esperar allí hasta que llegara la hora de ir a verlo.
Ya atardecía cuando cogió el coche para ir a su casa. Alguien le hizo señas desde la cuneta de la carretera, cuando pasaba junto al pueblo. Era Pepe “el Enchufes”, el otro electricista. Metió la cabeza por la ventanilla y le dijo:
--Estate tranquilo, dicen que el Chispas tenía deudas de drogas y que por eso se lo han cargado.
--Gracias-- respondió Ignacio, sonriéndole-- ¡Menos mal que alguien se dignaba hablarle  con humanidad!
Mientras conducía se acordó de aquella noche, hacía ya cinco años, cuando, sentado con Amparo en la terraza de un bar,  vio llegar a Milú, solo. Compasivo, le ofreció sentarse con ellos. Al poco tuvo que ir al servicio y pensó que el loco aquel, en quien ya había notado ciertas miradas lascivas, aprovecharía para tirarle los tejos a Amparo. Cuando volvió a los cinco minutos, la mirada de ella le confirmó que su intuición había sido correcta. “Cabrón”, pensó, “encima de que le invito a sentarse con nosotros”.
Pensando esto llegó a la cancela de Lars. Dejó aparcado el coche bajo el olivo; los faros iluminaron el suelo, alfombrado de pequeñas aceitunas negras. Lars le esperaba con una cerveza en la mano, que le ofreció; había encendido la chimenea.  Hablaron un poco fuera, mirando la Vía Láctea y la miríadas de estrellas - ya había anochecido - pero hacía frío y entraron pronto.
--¡Vaya lío! ¿No?-- dijo Lars, sonriendo, tratando de quitarle hierro al asunto.-- Hay muchos alcahuetes en este pueblo, ya lo sabemos, pero están las huellas de las pisadas, las del coche, las dactilares, el ADN quizás, no habrá problema, hombre.--
--Sí, estoy casi seguro de que no me llegarán a enchironar, aunque ¿quién sabe?, pero que me tendré que ir de aquí, eso es casi seguro, y abandonar todo un proyecto. No sé qué voy a hacer.--
--Bueno, desde que Amparito se marchó eso estaba cantado, Ignacio.-- replicó Lars.
--Yo creía que aún tenía posibilidad de encontrar otra compañía. Sé que era puro voluntarismo, pero me lo quería creer. No sé por qué hablo en pasado. Aún no lo he decidido…
--Es difícil encontrar una mujer por aquí, y menos en este rincón, y por muchas hippies que haya, hay que ir vestido con su uniforme, etc. ya sabes, lo hemos hablado muchas veces.
--Es que esas cosas, que no te devuelvan el saludo  en la calle, día tras día, la frialdad con la que te reciben en el bar, los chismorreos en voz baja a tus espaldas,  es fuerte ¿no? Dicen, no te lo pierdas, que tomo drogas - todo el que no lleva una vida convencional es sospechoso aquí - y ahora encima esto. Habladurías y más habladurías…
Así acabaron cayendo cinco cervezas por barba. Por un rato se olvidó del problema. La emisora portuguesa seguía poniendo pop británico, el de su juventud, y era bonito estar allí, con el amigo, escuchando aquella música en el silencio total del campo, saliendo a veces a mear y a ver las estrellas, charlando.
Decidió quedarse a dormir. ¡Lo que faltaba era que ahora lo pillase la policía por conducir borracho! Y eso que eran sólo dos o tres kilómetros.
Se levantó antes que Lars y se dio unas cuantas vueltas por los alrededores de la casa mientras amanecía. ¡Qué hermoso era aquello!   Al fondo, a la izquierda, el castañar; enfrente, el pueblo y el castillo, y detrás de ellos, el cielo de la aurora, rojo. Y los árboles que Lars había plantado con tanto esmero: los olivos, los almendros, el limonero.
Al rato Lars asomó la cabeza por la puerta.
--¿Café?— le ofreció.
Desayunaron en el porche, bajo la parra, aún sin hojas, al sol invernal. Lars le propuso hacer dar un paseo por el campo, como solían hacer a veces.  
--Tengo que estar localizable por la Guardia Civil, tío. Mejor que me vaya al cortijo.
Recién llegado sonó el móvil.
--Aquí del puesto de la Guardia Civil de Riofrío. Hemos detenido a un individuo que ha reconocido ser el autor de los hechos. Un ajuste de cuentas por drogas. Comparezca en seguida; mientras antes se le dé carpetazo a esto, mejor.  Es un conocido camello de Valdemoro, aunque de poca monta.
--¡Uf!—Suspiró, aliviado. Ahora empezaba el otro problema: inventarse un nuevo proyecto, y un nuevo lugar en el mundo.  













  

jueves, 3 de diciembre de 2015

La Duda.

LA DUDA

Estoy sentada en un sillón, sola, en la casa de mi hermana en el campo. A través de la ventana veo el cielo de la tarde y las copas de las encinas ¡Qué buen sitio se han  buscado! Aquí viene el gatito, Romeo, pega un salto y se sienta en mi regazo. ¡Qué bonito es! Es casi cien por cien siamés, tan afectuoso, incluso pesado, como un perrito. Mi hermana, Pepón e Ignacio se han ido al pueblo, y tardarán, y volverán hasta aquí de cerveza. Mejor; en realidad sola y oyendo el silencio es como mejor me siento.

Voy a retomar mi diario. En esta última semana han pasado muchas cosas; y en la anterior. Estoy hecha un lío; es evidente que lo de Joaquín se ha acabado; era un canalla, aunque aún lo quiera. ¿Un tío de 48 años con una chavala de 19! ¡Cómo se aprovechó de su aura de político importante, progre, liberal, intelectual y culto, lector incluso de poesía, 100 años de honradez, que fumaba porros en el salón minimalista de su casa junto con su propio hijo y su amiga del instituto!  Caí como una gilipoyas; en cuanto pudo se la montó para que Nito no estuviera para meterme mano, después de una buena dosis de hashís.

Pero, ¿realmente es así de burda la cosa? Es lo que dice mi hermana, y hasta Nito, y es indudable que utilizó mi mitomanía, pero ¿no necesitaba cariño él también? No, las cosas no son tan fáciles.

El  caso es que ha sido el primer hombre serio de mi vida, y ha puesto el listón muy alto. ¡Con qué delicadeza, con qué lentitud me abrazaba y me besaba! ¡No hay comparación con los tontos del instituto!

Pero, ¡qué pronto decidió que todo se acababa! Los 100 años de honradez me buscaron un curro en Mercamadrid y su conciencia se quedó tranquila.

Me dijeron que esto sólo el tiempo lo curaba; pero que el cambio de aires y el estar entretenida ayudaba; entonces el Viernes de Dolores, en cuanto acabé en la oficina, cogí el autobús para esa playa del Sur de la que tan bien me habían hablado. Transbordo en Sevilla, yo solita, por primera vez en mi vida. Y me encuentro una aldea casi deshabitada, con un tiempo de perros ¡cómo para quitarme la melancolía!

Menos mal que apareció Ignacio. La verdad es que lo estoy utilizando descaradamente para olvidar al otro; pero bueno, él también a mí. Y ahora se ha venido conmigo a Frigiliana, y me habla de mudarse a Madrid, y mi hermana me dice que es muy majo; desde luego, cariñoso y sensible es, y se nota que es de verdad cuando le leo mis poemas y me dice que le gustan, como aquella tarde en la pensión. Pero es muy nervioso, yo creo que piensa demasiado en esa tía de Sevilla cuyo nombre ni sé ¿pensará en ella cuando hace el amor conmigo?

Voy a dar un paseo por el arroyo y la huerta; me estoy poniendo muy nerviosa.

La oropéndola está posada en la rama del cerezo, ya cubierta de hojas. Su atrevimiento de venir hasta aquí es señal de la tranquilidad del lugar. ¡Qué bien me siento sola! Pero no soy capaz de  estar así mucho tiempo.

Soy una idiota y no tengo remedio; la farsa monea, eso es lo que soy; pero no soy capaz de reprimir mis sentimientos y necesito mucho cariño ¡qué le voy a hacer!

¿Acaso quiero yo a este tío como para que se venga a vivir a Madrid? Por otra parte, si se empeña, yo no lo puedo evitar. Y ha dejado de beber desde el segundo día. Parece que le siento bien.

 *  *  *  *  *  *

¿Ahí están! ¡Qué voces! “¿Qué tal, Fátima, como van esas soledades?” dice mi hermana. Ignacio me da un beso y no dice nada. Huele a cerveza. “Bien, bien, aquí en el campo se está de puta madre, ¡ojalá pudiera vivir aquí yo también!”

“Bueno, nosotros nos vamos a acostar, y yo creo que Ignacio también, ¿no Ignacio? Jaja”, dice Pepón.

“Sí, yo yambién” dice Ignacio “¿Te vienes, Fátima? Es tarde”.

“Vale, dentro de un momentito estoy contigo; déjame acabar de escribir una cosa.”

Y a los diez minutos entré en el cuarto. La luz de la luna entraba por la ventana, y sólo se oía el cárabo. Ignacio estaba despierto, pensativo. Me abrazó y me besó. Desde el cuarto de al lado  se oían los aullidos de mi hermana haciendo el amor con Pepón. Nosotros también lo hicimos, pero yo no grité.


  

Un Tío Con Mala Suerte.

UN TIO CON MALA SUERTE.


"El que nace gilipoyas muere gilipoyas". Eso decía mi tío, y siempre sospeché que lo decía por mí. El caso es que un día estaba yo en el callejón con unos coleguitas fumándome unos petas y llega la pasma, me trinca, me pega un par de hostias y me pone en una rueda de reconocimiento. Y una tía pija guarra dice que yo fui el que la violé. ¡Yo, que lo único que hago es hacerme pajas! Bueno, menos cuando me la mamó la Bernarda en la escalera del castillo, aquella noche de verano, después de que pasara la procesión, cuando ya se había ido la gente, aunque de eso hace mucho tiempo. Total, que me caen por la cara 10 años. Y al poco de estar en el talego llega uno y me dice que la tía esa le ha clavado unas tijeras en el corazón al que la violó. ¿Y qué hago yo ahora? Podría meterme en líos de abogados, pero en este país la justicia es un cachondeo, como dijo aquel, y además ya me he acostumbrado al jaco;  lo que pasa es que  me deja muy tirado y sin ganas de líos, y después de todo aquí no se está tan mal, total ,para lo que hay fuera.  

Cuando Desperté el Angel Ya No Estaba Allí.




CUANDO DESPERTE EL ANGEL YA NO ESTABA ALLI.



Cuando desperté, el ángel ya no estaba allí. La busqué y pregunté por ella, pero no la encontré ni nadie me supo dar razón. Me tuve que acostumbrar a no besar ese pequeño y maravilloso  lunar que tenía en la comisura del labio. La olvidé, o eso creí. Luego rechacé a varios otros ángeles, porque no  tenían  nada tan celestial.  De pronto, pasado mucho tiempo, me topé con ella. El colmillo retorcido no dejaba  verle el lunar. 

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Es Corto el Amor y es Largo el Olvido.

ES CORTO EL AMOR Y LARGO EL OLVIDO

Ignacio Beaumont conducía alocadamente hacia la costa. En la guantera del coche llevaba una botella de whisky, que sacaba de vez en cuando para darle un sorbo. Era primavera, pero el tiempo había amanecido aciago.

La pequeña aldea  estaba desierta; en el primer bar tras la curva que daba al mar,  una chica estaba sentada en la terraza. Sola, tenía un libro en las manos. Ignacio Beaumont pasó de largo en busca de una pensión. Arrojó el macuto en la cama y se lanzó a la playa, desierta; tanto el cielo como el mar estaban grises. Empezó a caminar a grandes zancadas por la orilla.

Cuando, tras dos horas,  se volvió, vio un punto negro en la distancia. A medida que se acercaba comprobó que era ella. Cuando se encontraron, se paró y le dijo, “parece que somos los únicos habitantes de este sitio”. Ella sonrió. Al poco, se dio la vuelta y le siguió. Estaban en la misma pensión, quizás la única.

Se llamaba Fátima. En su cuarto tenía hashís y un bonito cuaderno de pastas duras con dibujos de arabescos. En su interior, las líneas de sus poemas no siempre eran rectas, sino que seguían curvas, espirales, triángulos; además su letra era pequeña, cuidadosa, y femenina.

Se estaba a gusto allí. Fuera, empezó a llover y a hacer mucho viento. Ella era muy dulce, con un bonito acento de Madrid; al poco tiempo ya se sentían casi íntimos. Y a ninguno parecía importarle que el otro le contara la historia de su reciente fracaso amoroso.

***

Justo dos años antes, pero esta vez un primero de abril  de sol espléndido, Ignacio Beaumont había salido de su buhardilla-lavadero un domingo por la mañana, decidido a dejar atrás su soledad. Y para su propia sorpresa lo había conseguido, y en seguida. Una chica regalaba más que vendía sus gatitos en un mercadillo callejero de animales; le  “compró” uno; al agacharse a cogerlo  él vio sus hermosos pechos blancos. Empezaron a charlar y ya se llevaron así todo el día, sin parar, con ansia.  Ella enseñaba griego clásico en un pueblo; allí se plantó Ignacio el sábado siguiente. Incluso la casa donde vivía era hermosa; estaba situada en la plaza de la judería, lugar tranquilo y recoleto, donde sólo se oía al viento mecer las hojas de los plátanos. 

Es bonito cuando dos personas ven que no hay inhibiciones en el otro. El físico, que ya de antemano es atractivo, se va embelleciendo rápidamente, hasta que a los pocos días esa es la única persona que existe. Y no sólo ella, sino todo lo que le rodea. 

***

Charlando con Fátima en la pensión de la costa, Ignacio no podía evitar que imágenes de sus dos  años con Violeta le vinieran una y otra vez a la mente. Se lo había creído, se había creído que ella iba a ser la mujer de su vida. Eso, naturalmente, lo había cegado: ¿Es alguna vez el interés absolutamente recíproco?  

Había imágenes especialmente recurrentes: desayunando en la plaza Joao IV de Lisboa, Ignacio miró a su izquierda y la sonrisa de Violeta iluminaba toda la plaza. En Fuenteheridos le dio el primer beso, breve, de pronto, en medio de un bar bullicioso.

En Semana Santa, a pesar del tumulto, se encerraban en el piso de los padres de ella, donde no vivían, y de nuevo los rayos de sol que entraban por las rendijas de los postigos, y el aire primaveral, le infundían vida y energía. Ella era bonita, aunque no en el sentido convencional; el color de sus ojos era azul oscuro según ella, verde para él;  se ponía una diadema en la frente y sus rizos caían  a ambos lados; y por debajo, un foulard de seda. Hablaban y hablaban, y reían, y ella era inteligente y lo captaba todo a la primera, y le gustaban los libros, aunque a veces fuera algo pedante. De alguna forma Ignacio creyó ver en ella su igual, pero en versión femenina. Y en su imaginación sus proyectos volaban, sin pararse a comprobar si ella los compartía.

En agosto se vieron varias veces en casa de unos primos de ella, casados, y ella llamaba a eso “amores pegajosos”. 

El no vio las señales de indecisión que ella le empezó a mostrar: a veces estaba ausente, a veces seria y preocupada, con el ceño fruncido, o anulaba una cita en el último instante. Su pasión, teñida de vehemencia y de ansiedad, se lo impedía. Hasta que una tarde encontró una nota en el limpia-parabrisas del coche: “tengo el corazón seco”.

¿Para qué contar en detalle la agonía que siguió? Los vaivenes de ella fueron en aumento, especialmente – y de eso Ignacio Beaumont no se dio cuenta entonces – cuando él le dijo que pensaba dejar su trabajo, que le aburría y le deprimía, para dedicarse a un incierto futuro de libertad. ¿Cómo iba él a imaginar que a Violeta, tan bohemia,  le podía importar eso?

***

Cuando despertó del ensueño en que había caído, Fátima estaba dormida en sus brazos. Pasaron juntos toda la semana. Cuando ella tuvo que volver a Madrid, él, necesitado de cambiar de aires y de vida, pidió el traslado en su trabajo en la oficina – un último intento de adaptarse a él antes de dejarlo definitivamente – y se fue a Madrid también. Allí vio nevar a través de los ventanales del Café Comercial, y, lo más importante, olvidó a Violeta. O así lo creyó.

Un fin de semana vino a Sevilla a ver a sus padres. En la misma puerta de su casa  se topó con Violeta. En un principio sólo admiró de nuevo su no convencional belleza, pero  no se estremeció. Ella se paró, se saludaron, siguieron hablando, pero él ya no subió al piso, ni fue esa noche a ver a sus padres. El domingo por la tarde, cuando conducía de vuelta a Madrid, pensaba que había sido sólo un incidente pasajero; lo que no imaginaba es que el lunes a mediodía, almorzando con Fátima, sonaría el teléfono -un antiguo teléfono negro que colgaba de la pared del piso - y oiría la voz de Violeta: “no consigo olvidarte”. Eso sí fue la revolución.

Ahora sí dejó el trabajo y se volvió a Sevilla, donde podía vivir con poco, a reanudar sus estudios, le dijo a Fátima. ¿Dice alguien la verdad en una ruptura? Fátima fue a verlo un par de veces; quizás quería entender algo, quizás recuperarlo, quizás sencillamente no lo pudo evitar.

A los tres meses, con gran frialdad, Violeta le llamó para tomar café y le anunció de nuevo su deseo de ruptura, esta vez definitiva, aseguró.  

POST SCRIPTUM

Fue hace unos días cuando, ordenando papeles, me encontré con la carta manuscrita de mi amigo Ignacio que cuenta los hechos de arriba. Tiene fecha de 20 de diciembre de 1995. Cuatro días más tarde, el 24, Ignacio fallecería en accidente de automóvil en el término municipal de Fuenteheridos, precisamente. Su tasa de alcohol en sangre duplicaba el máximo legal. Un año antes se había ido a vivir, solo, a la Sierra, a un pequeño cortijo a pocos kilómetros del pueblo, que había arreglado con gran gusto (tenía una buena biblioteca), donde cuidaba de sus árboles frutales, perros, gatos, y palomas mensajeras; padecía, sin embargo, de recurrentes depresiones, que ahogaba en alcohol. Su carácter, siempre vehemente, ansioso, pero audaz, se había vuelto retraído y negativo, incluso algo hosco. No estaba nada “integrado”, como se dice ahora, en el pueblo, “ni falta que me hace”, me dijo la última vez que hablé con él por teléfono. Tenía, eso sí, un amigo, un danés llamado Lars, que compartía su amor por la naturaleza; pero este Lars se casó con una española, que no veía con buenos ojos la amistad de su marido con Ignacio. Aunque la pareja se fue a vivir a Sevilla, conservaron la casa del pueblo, pero  los dos amigos se fueron distanciando, de modo que al final apenas se veían.   Ahora me reprocho no haberle visitado más a menudo (el lugar era, por otra parte, encantador). 










































viernes, 30 de octubre de 2015

Vida de un Bastardo, Contada por él Mismo.

VIDA DE UN BASTARDO, CONTADA POR EL MISMO.

Desde que está Francisco las cosas han mejorado algo por aquí; tenemos una hora más de patio, y hasta nos dan papel y lápiz, si lo pedimos, entre las sesiones de fuego; por eso me he decidido a escribir estas líneas,  aunque sé que ya nada tiene remedio, y como manifestación de amor a quienes no se lo di, aunque ya no les pueda llegar.

Yo fui un bastardo. Incluso algo más: mi madre, en una visita a Madrid para ver a su hermana, que se había casado con un hombre rico, general del ejército, mantuvo relaciones con  él, su cuñado; no conozco los detalles, si fue seducida,  violada, o al contrario. El caso es que yo fui el fruto de esa relación. Mi madre era una persona ultra-católica y muy conservadora,  y quizás haga falta recordar el estigma que ser hijo bastardo suponía hasta mediado el siglo pasado.

Yo era el símbolo viviente de su pecado. Los de Madrid no quisieron saber nada de nosotros nunca más, y sólo algunas tías de aquí se compadecieron de nosotros. Mi madre se casó años después con un hombre mayor que ella, comerciante, mi padre legal, que le dio seis hijos varones más. 

Desde el principio destaqué de forma excepcional en el colegio: los maestros insistieron en que debía estudiar una carrera, y fui el único de la familia que lo hice, lo que provocó la envidia de mis hermanastros; por supuesto luego me engañarían  con la herencia.  Estudiaba mientras atendía la tienda. Recuerdo que Ava Gardner pasó por allí, e incluso me piropeó, diciéndome que me parecía a Anthony Queen. Eso me sorprendió muchísimo, pues aunque  era muy moreno, yo me veía feo, renegrido, agitanado; de hecho en la mili los pijas de las milicias universitarias me llamaban “el alférez gitano”.

En la Andalucía de aquellos años un químico sin pedigrí ni enchufe  lo tenía muy duro para encontrar trabajo: sólo conseguí uno en una fábrica de cemento que me duró un mes. Luego me tuve que dedicar, cómo  no, a la enseñanza. Fue entonces cuando conocí a una chica  bondadosa y guapa, muy cándida, retoño de una familia adinerada venida a mucho menos; fueron los años más bonitos.

De ahí paso a recordar una escena que simboliza el resto de mi vida madura: estoy sentado en el sofá para almorzar, acabo de llegar de trabajar y tendré que volver a salir dentro de una hora. En total eran entre 10 y 12 al día. Mi mujer me pone las papas con arroz por delante, pero olvida el agua: doy un palmetazo en la mesa y grito “¡Agua, por favor!”, a lo que ella acude corriendo. Oigo el ruido de mis siete hijos menores (sí: “hijos, los que Dios quiera”) jugando y peleándose; no me dejan escuchar las noticias. Cuando me levanto para subir el volumen veo a mi mujer llorando en la cocina,  abrazada por mi hijo mayor, que la intenta consolar; sí, el que luego salió maricón, perdón, gay.

Así pasaron años y años, durante los que no paré de hacerme buenos propósitos, que luego nunca podía cumplir; pues aunque estas situaciones eran más o menos comunes entonces, yo intuía que algo no estaba bien, aunque la autoridad había que mantenerla. Desde luego di de comer, vestí y eduqué a mis cinco hijos y tres hijas por igual; me han achacado que no los quise, porque de todo se entera uno, incluso aquí,  y si a lo que se refieren es a que no los besaba continuamente, les decía lo cojonudos que eran, ni les compraba todos los caprichos, pues tienen razón, es más, me pasé echándoles broncas, incluso insultándoles; pero yo ni podía ni sabía hacerlo de otra manera. Sin duda  desahogaba con ellos las humillaciones de la vida cotidiana de aquellos años, que me crearon ese carácter atrabiliario. 

Lo que sí hice fue lo siguiente: Siendo profesor de un colegio de monjas, una niña de bachillerato se quedó embarazada. Las monjas decidieron expulsarla. ¡Cómo iba a aparecer por clase una niña con una barriga! La niña vino a mí, suplicándome un certificado de tener aprobadas las matemáticas.  Le pregunté: “¿Cuánto son dos más dos?”. “Cuatro”, respondió, sin  entender. Bien, aquí tienes tu certificado. Le puse un sobresaliente, que le sirviera adonde la fueran a admitir. Nobleza bastarda.


Morí joven, sólo un año después de jubilarme. Sé que mi mujer me lloró durante mucho tiempo (aunque luego probablemente fue más feliz que si yo hubiera vivido),  y que la mayor de las niñas, Loli, tiene un retrato mío en su salita. Los demás, no, especialmente el mayor. Pues que sepan que no los culpo, y que, en el fondo de mi corazón, siempre los amé a todos, aunque no supiera demostrárselo.

La Mala Fama

LA MALA FAMA

A mis 20 años mi padre, harto ya de tener en casa a “un inútil y un botarate”, me buscó un enchufe en la compañía de seguros “Northwind & Hell”, donde su tío político, Richard Winston Jr., magnate del transporte, tenía mucha mano. El único consejo que me dio antes de echarme fue: “Y recuerda que la primera impresión es la definitiva. Si te creas mala fama desde el principio, luego es casi imposible quitársela de encima”. No sabía bien la razón que tenía.

El día señalado me presente en la planta 15º del Illinois Empire, uno de los muchos rascacielos del centro empresarial de la ciudad de Chicago. Al entrar se veía un mostrador, donde dos empleados atendían al público; detrás, tres mesas, seguidas de otras tres, donde seis empleados no levantaban la cabeza de sus papeles; a la izquierda estaba la mesa, más grande, del interventor y a la izquierda el despacho del director. Las paredes estaban llenas de fotos en blanco y negro enmarcadas donde se veían siniestros:  un barco que se iba a pique en un naufragio en una, un tren que descarrilaba en otra, un avión que caía en picado envuelto en fuego en otra, etc.

El interventor, Sr. Marlborough,  me recibió cordialmente y me presentó al personal; todos sonreían y me decían “ya verás lo bien que vas a estar aquí” y cosas así. Sólo había una mujer, la Srta. Chesterfield, ya mayorcita, larguirucha, con cara de búho y gafas de culo de vaso, que hizo un esfuerzo por esbozar una sonrisa, aunque se notaba que eso no era lo suyo. Yo estaba acojonado por caer bien, recordando el consejo de mi padre; porque yo sabía que era un inútil, y que mi padre ya se había quedado con la conciencia tranquila enchufándome allí, de modo que si me creaba mala fama y me echaban no tendría adonde ir.

Estaba mal visto levantar la cabeza de los papeles mientras se trabajaba, por no mencionar lo de hablar con los compañeros; de modo que hasta que al mediodía  nos sentamos en el archivo a comernos nuestros sandwiches de pan de molde con café de máquina no abrí el pico; pero una vez allí me empezaron a preguntar cosas, y yo estaba agobiado, porque si respondía con monosílabos me crearía fama de antipático, pero si me enrollaba demasiado  me la crearía de charlatán. De todas formas capeé el temporal más o menos.    

Fue por la tarde cuando metí la pata. Al fondo había un pasillo que llevaba a los servicios, el mismo que llevaba al archivo. Ninguno de estos tenía ventanas. Pedí  permiso para levantarme para ir a orinar y cuando volvía por el pasillo, arremetiéndome la camisa en el pantalón, con la bragueta abierta (aunque no se me veía nada), me topé de bruces con la Srta. Chesterfield, que me echó la mirada más asesina de mi vida.  Me puse a sudar y el corazón empezó a latirme desenfrenadamente; y encima el pasillo era muy estrecho, de modo que cuando me crucé con ella con los pantalones aún abiertos no pude evitar rozarla un poco.

Ya durante el almuerzo habían comentado que la Srta. Chesterfield, aunque fea, soltera y cincuentona, tenía un hijo “medio tonto” con el que convivía; que, aunque fuera la única mujer del personal, era la más veterana, íntima del director, y que lo que ella dijera iba a misa en la oficina. Todo ello no hacía sino aumentar aún más mi agobio: “Ya verás cómo de aquí a mañana a mediodía a lo sumo empezarán a no saludarme, a no contestarme, a mirarme con mala cara, etc.” me decía.

Aquella noche no paré de dar vueltas en la cama. Estaba seguro de que acabarían echándome, no sin antes haberme hecho pasar por un ninguneo y un vacío terribles. ¿Qué sería de mí? No soy fuerte para trabajar de albañil, en la escuela había sido de lo más mediocre, mi inglés no daba para más que una carta comercial o el relleno de un formulario y desde luego mi padre se negaría a admitirme en casa otra vez. Todo esto tenía lugar en el sofá-cama del “estudio” que mi madre había alquilado para mí cerca de la oficina (había que hacer transbordo sólo dos veces). Agobiado, a eso de las dos o las tres llamé a mi único amigo, el negrito Billy, a ver si me vendía una pastilla de la risa de esas que él tenía. Tuve que ir y meterme en un bar de negros – todo el mundo en Chicago odia a los negros – pero la conseguí.

Me la tomé por la mañana con el café de la máquina. Entonces empezaron a ocurrírseme un montón de cosas graciocísimas, y se las contaba a los de al lado cuando el Sr. Marlborough o la Srta. Chesterfield se escaqueaban: pero ninguno se reía lo más mínimo. Yo ya sabía de qué iba esto, porque lo mismo me había pasado con las niñas que me gustaban en el colegio: cuando decía jilipolleces y se reían, es que querían rollo; cuando decía cosas cachondísimas pero se quedaban serias es que pasaban olímpicamente de mí.  Eso era precisamente lo que estaba ocurriendo.

En los almuerzos del archivo de los días siguientes nadie me dirigía la palabra, y, si podían evitar contestarme si yo hablaba, pues lo hacían, o me respondían con un monosílabo. También ponían cara de asco al hablarme. 

“Tengo que darle la vuelta a esto como sea”, me dije. Y en la cuarta noche de insomnio se me ocurrió que lo mejor era hacerle la pelota al Sr. Malrborogh (a la Srta. Chesterfield y al director, Sr. Pallmall, ni eso se podía) y ofrecerme como voluntario para trabajar por las tardes fuera de horario. El interventor acogió mi propuesta con entusiasmo; pero para ello las horas que yo echara de más tendría que quedarse el botones, Jimmy, conmigo, para cerrar cuando me fuera. Una idiotez, porque podría cerrar yo mismo, pero Jimmy llevaba allí mucho tiempo y se fiaban de él; por cierto era muy pelota y muy mariquita. Yo decidí dedicarme por entero al trabajo y pasar de él, aunque no pude evitar enterarme de la que la Srta. Chesterfield había tenido ese hijo “medio tonto” con el que vivía y al que mantenía con el director anterior, que luego había pedido el traslado lo más lejos posible y la había dejado tirada, causa ésta, sin duda, de su mala leche.

Yo sé que me acusaban de pelota y de lameculos, pero me daba igual. “Si de todas formas no me habláis, pedazo de cabrones”, pensaba. Trabajaba y trabajaba, cambiando los papeles de sitio más que nada, y luego cogía mi autobús y mi metro y me metía   en el antro que mi madre me había alquilado, cuya ventana daba a un viaducto altísimo por donde pasaba el tren cada quince minutos, formando un gran estrépito y vibraciones que una vez llegaron a tirar un vaso.  Antes de entrar me compraba una hamburguesa gigante con patatas fritas y me las comía viendo la televisión. De tarde en tarde llamaba al negrito Billy y, con el pretexto de comprarle una pastilla de la risa, me tomaba una cerveza o dos con él, eso sí, en el bar de los negros, que me miraban, ellos también, con odio, o me empujaban al pasar, etc. Lo típico. Pero Billy es buena gente; bueno, es que no es negro del todo.  

Tras varios meses así  – esto fue hace poco – me dice el interventor que el director me llama a su despacho; que él me acompañaría. Me recibe el cabrón con una sonrisa de oreja a oreja, me da un apretón de manos que por poco me tira al suelo, y me dice que he sido ascendido, gracias a sus informes, por supuesto, por la superioridad a “auxiliar administrativo de tercera”, con un incremento aparejado en la paga de un 0,53%. (“Y entonces ¿qué era yo antes?” pensé) “Siga usted así y llegará lejos. En esta vida es más importante la tenacidad y el trabajo que la inteligencia”. O sea que me estaba llamando imbécil.  Al salir, la Srta. Chesterfield me miró de reojo, seria, aunque no tanto. ¿Querría rollo?

Y aquí y así sigo. He conseguido demostrar que lo que decía mi padre no era verdad. Me va bien, dentro de lo que cabe.


 





jueves, 25 de junio de 2015

Amor



AMOR



Era domingo, primero de abril, y hacía un sol radiante. Había quedado con un compañero de trabajo que no se presentó, pero no me importó demasiado. Paseé un poco por el barrio, que no conocía bien, y me encontré con un mercadillo, un mercadillo de animales: había no sólo perros y gatos, sino tortugas, pajaritos, loros, de todo. Me sentía pletórico de energía y no estaba dispuesto a que el recuerdo de Olga me amargara el día, ni me quitara el mes. 

Compré el periódico y me senté en la única mesa libre de una terraza.  Al poco tiempo, una chica extranjera me pidió permiso para sentarse en la misma mesa, pues no había otras libres; hablaba en inglés con un ligero acento, y cuando me dijo que era francesa me pareció raro; luego descubrí que era de Montreal. Se llamaba Marie Josée, y me contó que viajaba por Europa sola “para olvidar”. No hacía falta que me dijera qué. 

Cualquier cosa valía para entretener mi mente y no pensar en Olga, y como al parecer Marie Josée estaba en una situación similar, no sentí culpa alguna. Al poco tiempo estábamos en su pensión, donde ella echó todos sus bártulos en una mochila y se montó en mi coche: ya era buen tiempo para irse a la playa.

Sin embargo, en el camino, cuando me di cuenta le estaba hablando de ella. Yo había conocido a Olga un par de meses antes, en la calle: entonces la gente todavía se podía conocer por la calle. Me fascinó desde el principio por su estilo “vintage” muchos años antes de que se supiera qué era eso o se hubiera incluso inventado la palabra; y también porque era profesora de griego clásico y porque tenía unos ojos que a algunos les parecían verdes (como a mí) y a otros azules. 

El día que Olga y yo nos habíamos conocido  también era domingo y nos tiramos hablando todo el día: teníamos muchas ganas de contarnos nuestras vidas, incluyendo quizás algunas medio mentiras para quedar bien; luego me dijo que a la mañana siguiente se tenía que ir a Ronda, donde trabajaba, y cuando, sorprendido de mi propio arrojo, le dije que me pasaría a visitarla, aceptó de inmediato. Estábamos los dos un poco cortados, pero eso no nos impedía echarle cara al asunto. El jueves ya estaba allí. Tenía alquilada una casa preciosa en la morería, y paseamos por el puente que cruza el tajo, ya más calmados; sentados en un bar, le di de pronto un beso, algo bruscamente (no sé hacerlo de otro modo). A partir de ese momento ya paseábamos cogidos de la mano. Fuimos de excursión a Conil; nos alojamos en una casa del pueblo, blanca y humilde, donde el niñato de la señora aparcaba la moto en el zaguán, y que tenía un pequeño patio con un pozo. Al atardecer paseamos por la orilla del mar, mojándonos los pies, y cogiendo conchas y piedrecitas negras de variadas formas; luego cenamos, solos,  pescado frito recién cogido en un chiringuito cuyo suelo era la propia arena. Las sonrisas, las miradas, la empatía - coincidíamos en todo - me hizo pensar, en un momento en el que nos quedamos sin palabras, que era la mujer que tanto anhelaba.

Y así empezó una bonita amistad que, no obstante, duró poco. Marie Josée me escuchaba extasiada y quizá con algo de envidia. De su historia, ella sólo me había dicho:

--I believe in equality.

Sólo en una ocasión Olga me había hablado de un tal Peter, un suizo que decía ser “artista”, pero que resultó que se ganaba la vida como taxista. Había vivido en España y había sido su novio. Me aseguró que eso era historia pasada, y no se habló más del tema. Recuerdo que fue yendo en el autobús de Ronda a Conil. Yo le tenía puesta la mano todo el tiempo sobre la rodilla, y sólo se la quitaba para cogérsela y y entonces nos las acariciábamos dulcemente.

--¿Qué pasó entonces?-- preguntó Marie Josée?

La primera noche de mi vuelta ya me llamó. Y así seguimos, llamándonos todos los días. Me pasaba el día esperando que dieran las nueve de la tarde parra llamarla u oir su llamada. Incluso me preparaba un whisky y me sentaba con el paquete de tabaco al lado, como esperando la sesión. Pero un día no llamó.  Tenía tanta seguridad en nuestra relación que no me preocupé; entonces la llamé yo a ella, pero no cogieron el teléfono. Eso ya era más raro. Al día siguiente, tampoco. Ni al otro. Dolido, me aguantaba las ganas de llamar, pero cuando del dolor pasaba a la preocupación por si le había pasado algo, decidía llamarla, y no obtenía contestación. 

Yo sabía que prácticamente todos los fines de semana venía a ver a su familia a Sevilla, de modo que un sábado me planté en su casa. Me abrió la puerta su hermana pequeña, muy seria, y rehuyendo mi mirada. 

--¿Qué ocurre, Olga?-- le pregunté. 

--Nada. Bueno, que Peter ha venido.

Me dio un mareo. La tristeza me invadió. Podría haberle hecho muchas preguntas, reproches, e incluso enfadarme; pero me veía ridículo haciéndolo. Y además, ¿para qué? “Por cierto, he quedado con él para dentro de media hora. Tengo que arreglarme un poco.” Y al rato salió del cuarto de baño con su mejor carmín en los labios. 

--Salgo contigo-- le dije, como un tonto. El ascensor era muy pequeño; los tres pisos se me hicieron interminables, los dos muy juntos, casi rozándonos,  muy serios y mirando hacia abajo. Al salir a la calle le fui a dar un beso y me puso la mejilla. 

Marié Josée se puso muy seria y me dijo:

--¿Qué triste verdad?-- Al poco tiempo llegamos a Conil y alquilamos una habitación en la misma casa en la que había estado con Olga y pasamos la noche allí; en camas separadas, por supuesto. 

No he vuelto a ver a Olga, a pesar de que Sevilla es una ciudad relativamente pequeña. Puede que esté en Suiza.