LA DUDA
Estoy sentada en un sillón, sola, en
la casa de mi hermana en el campo. A través de la ventana veo el cielo de la
tarde y las copas de las encinas ¡Qué buen sitio se han buscado! Aquí viene el gatito, Romeo, pega un
salto y se sienta en mi regazo. ¡Qué bonito es! Es casi cien por cien siamés,
tan afectuoso, incluso pesado, como un perrito. Mi hermana, Pepón e Ignacio se
han ido al pueblo, y tardarán, y volverán hasta aquí de cerveza. Mejor; en
realidad sola y oyendo el silencio es como mejor me siento.
Voy a retomar mi diario. En esta
última semana han pasado muchas cosas; y en la anterior. Estoy hecha un lío; es
evidente que lo de Joaquín se ha acabado; era un canalla, aunque aún lo quiera.
¿Un tío de 48 años con una chavala de 19! ¡Cómo se aprovechó de su aura de
político importante, progre, liberal, intelectual y culto, lector incluso de
poesía, 100 años de honradez, que fumaba porros en el salón minimalista de su
casa junto con su propio hijo y su amiga del instituto! Caí como una gilipoyas; en cuanto pudo se la
montó para que Nito no estuviera para meterme mano, después de una buena dosis
de hashís.
Pero, ¿realmente es así de burda la
cosa? Es lo que dice mi hermana, y hasta Nito, y es indudable que utilizó mi
mitomanía, pero ¿no necesitaba cariño él también? No, las cosas no son tan
fáciles.
El
caso es que ha sido el primer hombre serio de mi vida, y ha puesto el
listón muy alto. ¡Con qué delicadeza, con qué lentitud me abrazaba y me besaba!
¡No hay comparación con los tontos del instituto!
Pero, ¡qué pronto decidió que todo se
acababa! Los 100 años de honradez me buscaron un curro en Mercamadrid y su
conciencia se quedó tranquila.
Me dijeron que esto sólo el tiempo lo
curaba; pero que el cambio de aires y el estar entretenida ayudaba; entonces el
Viernes de Dolores, en cuanto acabé en la oficina, cogí el autobús para esa
playa del Sur de la que tan bien me habían hablado. Transbordo en Sevilla, yo
solita, por primera vez en mi vida. Y me encuentro una aldea casi deshabitada,
con un tiempo de perros ¡cómo para quitarme la melancolía!
Menos mal que apareció Ignacio. La
verdad es que lo estoy utilizando descaradamente para olvidar al otro; pero
bueno, él también a mí. Y ahora se ha venido conmigo a Frigiliana, y me habla
de mudarse a Madrid, y mi hermana me dice que es muy majo; desde luego,
cariñoso y sensible es, y se nota que es de verdad cuando le leo mis poemas y
me dice que le gustan, como aquella tarde en la pensión. Pero es muy nervioso,
yo creo que piensa demasiado en esa tía de Sevilla cuyo nombre ni sé ¿pensará
en ella cuando hace el amor conmigo?
Voy a dar un paseo por el arroyo y la
huerta; me estoy poniendo muy nerviosa.
La oropéndola está posada en la rama
del cerezo, ya cubierta de hojas. Su atrevimiento de venir hasta aquí es señal
de la tranquilidad del lugar. ¡Qué bien me siento sola! Pero no soy capaz
de estar así mucho tiempo.
Soy una idiota y no tengo remedio; la
farsa monea, eso es lo que soy; pero no soy capaz de reprimir mis sentimientos
y necesito mucho cariño ¡qué le voy a hacer!
¿Acaso quiero yo a este tío como para
que se venga a vivir a Madrid? Por otra parte, si se empeña, yo no lo puedo
evitar. Y ha dejado de beber desde el segundo día. Parece que le siento bien.
* *
* * * *
¿Ahí están! ¡Qué voces! “¿Qué tal,
Fátima, como van esas soledades?” dice mi hermana. Ignacio me da un beso y no
dice nada. Huele a cerveza. “Bien, bien, aquí en el campo se está de puta
madre, ¡ojalá pudiera vivir aquí yo también!”
“Bueno, nosotros nos vamos a acostar,
y yo creo que Ignacio también, ¿no Ignacio? Jaja”, dice Pepón.
“Sí, yo yambién” dice Ignacio “¿Te
vienes, Fátima? Es tarde”.
“Vale, dentro de un momentito estoy
contigo; déjame acabar de escribir una cosa.”
Y a los diez minutos entré en el
cuarto. La luz de la luna entraba por la ventana, y sólo se oía el cárabo.
Ignacio estaba despierto, pensativo. Me abrazó y me besó. Desde el cuarto de al
lado se oían los aullidos de mi hermana
haciendo el amor con Pepón. Nosotros también lo hicimos, pero yo no grité.