MI EXILIO INTERIOR

viernes, 30 de octubre de 2015

Vida de un Bastardo, Contada por él Mismo.

VIDA DE UN BASTARDO, CONTADA POR EL MISMO.

Desde que está Francisco las cosas han mejorado algo por aquí; tenemos una hora más de patio, y hasta nos dan papel y lápiz, si lo pedimos, entre las sesiones de fuego; por eso me he decidido a escribir estas líneas,  aunque sé que ya nada tiene remedio, y como manifestación de amor a quienes no se lo di, aunque ya no les pueda llegar.

Yo fui un bastardo. Incluso algo más: mi madre, en una visita a Madrid para ver a su hermana, que se había casado con un hombre rico, general del ejército, mantuvo relaciones con  él, su cuñado; no conozco los detalles, si fue seducida,  violada, o al contrario. El caso es que yo fui el fruto de esa relación. Mi madre era una persona ultra-católica y muy conservadora,  y quizás haga falta recordar el estigma que ser hijo bastardo suponía hasta mediado el siglo pasado.

Yo era el símbolo viviente de su pecado. Los de Madrid no quisieron saber nada de nosotros nunca más, y sólo algunas tías de aquí se compadecieron de nosotros. Mi madre se casó años después con un hombre mayor que ella, comerciante, mi padre legal, que le dio seis hijos varones más. 

Desde el principio destaqué de forma excepcional en el colegio: los maestros insistieron en que debía estudiar una carrera, y fui el único de la familia que lo hice, lo que provocó la envidia de mis hermanastros; por supuesto luego me engañarían  con la herencia.  Estudiaba mientras atendía la tienda. Recuerdo que Ava Gardner pasó por allí, e incluso me piropeó, diciéndome que me parecía a Anthony Queen. Eso me sorprendió muchísimo, pues aunque  era muy moreno, yo me veía feo, renegrido, agitanado; de hecho en la mili los pijas de las milicias universitarias me llamaban “el alférez gitano”.

En la Andalucía de aquellos años un químico sin pedigrí ni enchufe  lo tenía muy duro para encontrar trabajo: sólo conseguí uno en una fábrica de cemento que me duró un mes. Luego me tuve que dedicar, cómo  no, a la enseñanza. Fue entonces cuando conocí a una chica  bondadosa y guapa, muy cándida, retoño de una familia adinerada venida a mucho menos; fueron los años más bonitos.

De ahí paso a recordar una escena que simboliza el resto de mi vida madura: estoy sentado en el sofá para almorzar, acabo de llegar de trabajar y tendré que volver a salir dentro de una hora. En total eran entre 10 y 12 al día. Mi mujer me pone las papas con arroz por delante, pero olvida el agua: doy un palmetazo en la mesa y grito “¡Agua, por favor!”, a lo que ella acude corriendo. Oigo el ruido de mis siete hijos menores (sí: “hijos, los que Dios quiera”) jugando y peleándose; no me dejan escuchar las noticias. Cuando me levanto para subir el volumen veo a mi mujer llorando en la cocina,  abrazada por mi hijo mayor, que la intenta consolar; sí, el que luego salió maricón, perdón, gay.

Así pasaron años y años, durante los que no paré de hacerme buenos propósitos, que luego nunca podía cumplir; pues aunque estas situaciones eran más o menos comunes entonces, yo intuía que algo no estaba bien, aunque la autoridad había que mantenerla. Desde luego di de comer, vestí y eduqué a mis cinco hijos y tres hijas por igual; me han achacado que no los quise, porque de todo se entera uno, incluso aquí,  y si a lo que se refieren es a que no los besaba continuamente, les decía lo cojonudos que eran, ni les compraba todos los caprichos, pues tienen razón, es más, me pasé echándoles broncas, incluso insultándoles; pero yo ni podía ni sabía hacerlo de otra manera. Sin duda  desahogaba con ellos las humillaciones de la vida cotidiana de aquellos años, que me crearon ese carácter atrabiliario. 

Lo que sí hice fue lo siguiente: Siendo profesor de un colegio de monjas, una niña de bachillerato se quedó embarazada. Las monjas decidieron expulsarla. ¡Cómo iba a aparecer por clase una niña con una barriga! La niña vino a mí, suplicándome un certificado de tener aprobadas las matemáticas.  Le pregunté: “¿Cuánto son dos más dos?”. “Cuatro”, respondió, sin  entender. Bien, aquí tienes tu certificado. Le puse un sobresaliente, que le sirviera adonde la fueran a admitir. Nobleza bastarda.


Morí joven, sólo un año después de jubilarme. Sé que mi mujer me lloró durante mucho tiempo (aunque luego probablemente fue más feliz que si yo hubiera vivido),  y que la mayor de las niñas, Loli, tiene un retrato mío en su salita. Los demás, no, especialmente el mayor. Pues que sepan que no los culpo, y que, en el fondo de mi corazón, siempre los amé a todos, aunque no supiera demostrárselo.

La Mala Fama

LA MALA FAMA

A mis 20 años mi padre, harto ya de tener en casa a “un inútil y un botarate”, me buscó un enchufe en la compañía de seguros “Northwind & Hell”, donde su tío político, Richard Winston Jr., magnate del transporte, tenía mucha mano. El único consejo que me dio antes de echarme fue: “Y recuerda que la primera impresión es la definitiva. Si te creas mala fama desde el principio, luego es casi imposible quitársela de encima”. No sabía bien la razón que tenía.

El día señalado me presente en la planta 15º del Illinois Empire, uno de los muchos rascacielos del centro empresarial de la ciudad de Chicago. Al entrar se veía un mostrador, donde dos empleados atendían al público; detrás, tres mesas, seguidas de otras tres, donde seis empleados no levantaban la cabeza de sus papeles; a la izquierda estaba la mesa, más grande, del interventor y a la izquierda el despacho del director. Las paredes estaban llenas de fotos en blanco y negro enmarcadas donde se veían siniestros:  un barco que se iba a pique en un naufragio en una, un tren que descarrilaba en otra, un avión que caía en picado envuelto en fuego en otra, etc.

El interventor, Sr. Marlborough,  me recibió cordialmente y me presentó al personal; todos sonreían y me decían “ya verás lo bien que vas a estar aquí” y cosas así. Sólo había una mujer, la Srta. Chesterfield, ya mayorcita, larguirucha, con cara de búho y gafas de culo de vaso, que hizo un esfuerzo por esbozar una sonrisa, aunque se notaba que eso no era lo suyo. Yo estaba acojonado por caer bien, recordando el consejo de mi padre; porque yo sabía que era un inútil, y que mi padre ya se había quedado con la conciencia tranquila enchufándome allí, de modo que si me creaba mala fama y me echaban no tendría adonde ir.

Estaba mal visto levantar la cabeza de los papeles mientras se trabajaba, por no mencionar lo de hablar con los compañeros; de modo que hasta que al mediodía  nos sentamos en el archivo a comernos nuestros sandwiches de pan de molde con café de máquina no abrí el pico; pero una vez allí me empezaron a preguntar cosas, y yo estaba agobiado, porque si respondía con monosílabos me crearía fama de antipático, pero si me enrollaba demasiado  me la crearía de charlatán. De todas formas capeé el temporal más o menos.    

Fue por la tarde cuando metí la pata. Al fondo había un pasillo que llevaba a los servicios, el mismo que llevaba al archivo. Ninguno de estos tenía ventanas. Pedí  permiso para levantarme para ir a orinar y cuando volvía por el pasillo, arremetiéndome la camisa en el pantalón, con la bragueta abierta (aunque no se me veía nada), me topé de bruces con la Srta. Chesterfield, que me echó la mirada más asesina de mi vida.  Me puse a sudar y el corazón empezó a latirme desenfrenadamente; y encima el pasillo era muy estrecho, de modo que cuando me crucé con ella con los pantalones aún abiertos no pude evitar rozarla un poco.

Ya durante el almuerzo habían comentado que la Srta. Chesterfield, aunque fea, soltera y cincuentona, tenía un hijo “medio tonto” con el que convivía; que, aunque fuera la única mujer del personal, era la más veterana, íntima del director, y que lo que ella dijera iba a misa en la oficina. Todo ello no hacía sino aumentar aún más mi agobio: “Ya verás cómo de aquí a mañana a mediodía a lo sumo empezarán a no saludarme, a no contestarme, a mirarme con mala cara, etc.” me decía.

Aquella noche no paré de dar vueltas en la cama. Estaba seguro de que acabarían echándome, no sin antes haberme hecho pasar por un ninguneo y un vacío terribles. ¿Qué sería de mí? No soy fuerte para trabajar de albañil, en la escuela había sido de lo más mediocre, mi inglés no daba para más que una carta comercial o el relleno de un formulario y desde luego mi padre se negaría a admitirme en casa otra vez. Todo esto tenía lugar en el sofá-cama del “estudio” que mi madre había alquilado para mí cerca de la oficina (había que hacer transbordo sólo dos veces). Agobiado, a eso de las dos o las tres llamé a mi único amigo, el negrito Billy, a ver si me vendía una pastilla de la risa de esas que él tenía. Tuve que ir y meterme en un bar de negros – todo el mundo en Chicago odia a los negros – pero la conseguí.

Me la tomé por la mañana con el café de la máquina. Entonces empezaron a ocurrírseme un montón de cosas graciocísimas, y se las contaba a los de al lado cuando el Sr. Marlborough o la Srta. Chesterfield se escaqueaban: pero ninguno se reía lo más mínimo. Yo ya sabía de qué iba esto, porque lo mismo me había pasado con las niñas que me gustaban en el colegio: cuando decía jilipolleces y se reían, es que querían rollo; cuando decía cosas cachondísimas pero se quedaban serias es que pasaban olímpicamente de mí.  Eso era precisamente lo que estaba ocurriendo.

En los almuerzos del archivo de los días siguientes nadie me dirigía la palabra, y, si podían evitar contestarme si yo hablaba, pues lo hacían, o me respondían con un monosílabo. También ponían cara de asco al hablarme. 

“Tengo que darle la vuelta a esto como sea”, me dije. Y en la cuarta noche de insomnio se me ocurrió que lo mejor era hacerle la pelota al Sr. Malrborogh (a la Srta. Chesterfield y al director, Sr. Pallmall, ni eso se podía) y ofrecerme como voluntario para trabajar por las tardes fuera de horario. El interventor acogió mi propuesta con entusiasmo; pero para ello las horas que yo echara de más tendría que quedarse el botones, Jimmy, conmigo, para cerrar cuando me fuera. Una idiotez, porque podría cerrar yo mismo, pero Jimmy llevaba allí mucho tiempo y se fiaban de él; por cierto era muy pelota y muy mariquita. Yo decidí dedicarme por entero al trabajo y pasar de él, aunque no pude evitar enterarme de la que la Srta. Chesterfield había tenido ese hijo “medio tonto” con el que vivía y al que mantenía con el director anterior, que luego había pedido el traslado lo más lejos posible y la había dejado tirada, causa ésta, sin duda, de su mala leche.

Yo sé que me acusaban de pelota y de lameculos, pero me daba igual. “Si de todas formas no me habláis, pedazo de cabrones”, pensaba. Trabajaba y trabajaba, cambiando los papeles de sitio más que nada, y luego cogía mi autobús y mi metro y me metía   en el antro que mi madre me había alquilado, cuya ventana daba a un viaducto altísimo por donde pasaba el tren cada quince minutos, formando un gran estrépito y vibraciones que una vez llegaron a tirar un vaso.  Antes de entrar me compraba una hamburguesa gigante con patatas fritas y me las comía viendo la televisión. De tarde en tarde llamaba al negrito Billy y, con el pretexto de comprarle una pastilla de la risa, me tomaba una cerveza o dos con él, eso sí, en el bar de los negros, que me miraban, ellos también, con odio, o me empujaban al pasar, etc. Lo típico. Pero Billy es buena gente; bueno, es que no es negro del todo.  

Tras varios meses así  – esto fue hace poco – me dice el interventor que el director me llama a su despacho; que él me acompañaría. Me recibe el cabrón con una sonrisa de oreja a oreja, me da un apretón de manos que por poco me tira al suelo, y me dice que he sido ascendido, gracias a sus informes, por supuesto, por la superioridad a “auxiliar administrativo de tercera”, con un incremento aparejado en la paga de un 0,53%. (“Y entonces ¿qué era yo antes?” pensé) “Siga usted así y llegará lejos. En esta vida es más importante la tenacidad y el trabajo que la inteligencia”. O sea que me estaba llamando imbécil.  Al salir, la Srta. Chesterfield me miró de reojo, seria, aunque no tanto. ¿Querría rollo?

Y aquí y así sigo. He conseguido demostrar que lo que decía mi padre no era verdad. Me va bien, dentro de lo que cabe.


 





jueves, 25 de junio de 2015

Amor



AMOR



Era domingo, primero de abril, y hacía un sol radiante. Había quedado con un compañero de trabajo que no se presentó, pero no me importó demasiado. Paseé un poco por el barrio, que no conocía bien, y me encontré con un mercadillo, un mercadillo de animales: había no sólo perros y gatos, sino tortugas, pajaritos, loros, de todo. Me sentía pletórico de energía y no estaba dispuesto a que el recuerdo de Olga me amargara el día, ni me quitara el mes. 

Compré el periódico y me senté en la única mesa libre de una terraza.  Al poco tiempo, una chica extranjera me pidió permiso para sentarse en la misma mesa, pues no había otras libres; hablaba en inglés con un ligero acento, y cuando me dijo que era francesa me pareció raro; luego descubrí que era de Montreal. Se llamaba Marie Josée, y me contó que viajaba por Europa sola “para olvidar”. No hacía falta que me dijera qué. 

Cualquier cosa valía para entretener mi mente y no pensar en Olga, y como al parecer Marie Josée estaba en una situación similar, no sentí culpa alguna. Al poco tiempo estábamos en su pensión, donde ella echó todos sus bártulos en una mochila y se montó en mi coche: ya era buen tiempo para irse a la playa.

Sin embargo, en el camino, cuando me di cuenta le estaba hablando de ella. Yo había conocido a Olga un par de meses antes, en la calle: entonces la gente todavía se podía conocer por la calle. Me fascinó desde el principio por su estilo “vintage” muchos años antes de que se supiera qué era eso o se hubiera incluso inventado la palabra; y también porque era profesora de griego clásico y porque tenía unos ojos que a algunos les parecían verdes (como a mí) y a otros azules. 

El día que Olga y yo nos habíamos conocido  también era domingo y nos tiramos hablando todo el día: teníamos muchas ganas de contarnos nuestras vidas, incluyendo quizás algunas medio mentiras para quedar bien; luego me dijo que a la mañana siguiente se tenía que ir a Ronda, donde trabajaba, y cuando, sorprendido de mi propio arrojo, le dije que me pasaría a visitarla, aceptó de inmediato. Estábamos los dos un poco cortados, pero eso no nos impedía echarle cara al asunto. El jueves ya estaba allí. Tenía alquilada una casa preciosa en la morería, y paseamos por el puente que cruza el tajo, ya más calmados; sentados en un bar, le di de pronto un beso, algo bruscamente (no sé hacerlo de otro modo). A partir de ese momento ya paseábamos cogidos de la mano. Fuimos de excursión a Conil; nos alojamos en una casa del pueblo, blanca y humilde, donde el niñato de la señora aparcaba la moto en el zaguán, y que tenía un pequeño patio con un pozo. Al atardecer paseamos por la orilla del mar, mojándonos los pies, y cogiendo conchas y piedrecitas negras de variadas formas; luego cenamos, solos,  pescado frito recién cogido en un chiringuito cuyo suelo era la propia arena. Las sonrisas, las miradas, la empatía - coincidíamos en todo - me hizo pensar, en un momento en el que nos quedamos sin palabras, que era la mujer que tanto anhelaba.

Y así empezó una bonita amistad que, no obstante, duró poco. Marie Josée me escuchaba extasiada y quizá con algo de envidia. De su historia, ella sólo me había dicho:

--I believe in equality.

Sólo en una ocasión Olga me había hablado de un tal Peter, un suizo que decía ser “artista”, pero que resultó que se ganaba la vida como taxista. Había vivido en España y había sido su novio. Me aseguró que eso era historia pasada, y no se habló más del tema. Recuerdo que fue yendo en el autobús de Ronda a Conil. Yo le tenía puesta la mano todo el tiempo sobre la rodilla, y sólo se la quitaba para cogérsela y y entonces nos las acariciábamos dulcemente.

--¿Qué pasó entonces?-- preguntó Marie Josée?

La primera noche de mi vuelta ya me llamó. Y así seguimos, llamándonos todos los días. Me pasaba el día esperando que dieran las nueve de la tarde parra llamarla u oir su llamada. Incluso me preparaba un whisky y me sentaba con el paquete de tabaco al lado, como esperando la sesión. Pero un día no llamó.  Tenía tanta seguridad en nuestra relación que no me preocupé; entonces la llamé yo a ella, pero no cogieron el teléfono. Eso ya era más raro. Al día siguiente, tampoco. Ni al otro. Dolido, me aguantaba las ganas de llamar, pero cuando del dolor pasaba a la preocupación por si le había pasado algo, decidía llamarla, y no obtenía contestación. 

Yo sabía que prácticamente todos los fines de semana venía a ver a su familia a Sevilla, de modo que un sábado me planté en su casa. Me abrió la puerta su hermana pequeña, muy seria, y rehuyendo mi mirada. 

--¿Qué ocurre, Olga?-- le pregunté. 

--Nada. Bueno, que Peter ha venido.

Me dio un mareo. La tristeza me invadió. Podría haberle hecho muchas preguntas, reproches, e incluso enfadarme; pero me veía ridículo haciéndolo. Y además, ¿para qué? “Por cierto, he quedado con él para dentro de media hora. Tengo que arreglarme un poco.” Y al rato salió del cuarto de baño con su mejor carmín en los labios. 

--Salgo contigo-- le dije, como un tonto. El ascensor era muy pequeño; los tres pisos se me hicieron interminables, los dos muy juntos, casi rozándonos,  muy serios y mirando hacia abajo. Al salir a la calle le fui a dar un beso y me puso la mejilla. 

Marié Josée se puso muy seria y me dijo:

--¿Qué triste verdad?-- Al poco tiempo llegamos a Conil y alquilamos una habitación en la misma casa en la que había estado con Olga y pasamos la noche allí; en camas separadas, por supuesto. 

No he vuelto a ver a Olga, a pesar de que Sevilla es una ciudad relativamente pequeña. Puede que esté en Suiza.
  

 

martes, 24 de marzo de 2015

Un Caso Muy Bonito.




CERVEZA DE PLATANO

El delito había sido aduterio. Norongoro, un hombre joven que vivía solo en su cabaña  con su piara de cabras, a unos dos kilómetros del poblado, había mantenido relaciones sexuales con Ozymandias, joven casada. Un vecino que se acercó a comprar leche a horas intempestivas abrió la puerta de la cabaña de adobe con la confianza que da la buena vecindad de años, y se encontró a la joven desnuda. Le faltó tiempo, tras una mirada lasciva, de correr al poblado a contarlo.

El tribunal de notables se reunió, como era tradicional, y decidió que se celebrase una fiesta de reconciliación en casa de Ozymandias e Isidongo, su marido. Llevaban bien casados dos años, pero con el grave problema de que no haber tenido hijos. Norongoro debería correr con todos los gastos, y acudirían familiares y vecinos, además de los interesados y los miembros del tribunal.

Norongoro tuvo que vender un cuarto de sus cabras para comprar cerveza de plátano y sacrificar a otro cuarto para suministrar carne para la fiesta. Las mujeres acudieron desde por la mañana vestidas con largas túnicas multicolores; en un lugar preferente,  se sentaban los miembros del tribunal, presidido por el más anciano; a su lado, Isidongo y Ozymandias, sentados y cogidos de la mano, se miraban de vez en cuando, sonrientes y enamorados. Ozymandias se abstuvo de bailar, en señal de contrición y pudor, pero todos los demás lo hicieron, especialmente a medida que la cerveza de plátano empezó a hacer sus efectos, al son de los bongos que tocaban unos voluntarios. Por su parte, Norongoro, que no tenía familia, se sentaba, serio y arrepentido en el rincón opuesto.

El anciano presidente pronunció unas palabras en las que mencionana la debilidad humana,   invitaba al perdón  y recordaba la inutilidad del rencor; entonces Norongoro e Isidongo se abrazaron. Luego continuó el baile; la euforia de la cerveza de plátano, lejos de provocar agresividad, inducía a sentimientos de hermandad y cordialidad.

Al atarceder la gente, exhausta, se fue retirando. Cuando lo hizo el anciano presidente, se dio por terminada la fiesta. Isidongo y Ozymandias se retiraron a su alcoba, donde hicieron el amor y cayeron profundamente dormidos.

A la mañana siguiente, Isidongo se despertó muy temprano, antes del amanecer. Se sentía inquieto. Ozymandias permanecía dormida. Decidió darse un paseo por el campo cercano. Sus pies lo llevaron al camino que conducía a la aislada casa de Norongoro.

Isidongo no tenía cabras ni vacas ni tierra. Era la estación de las lluvias y había poco trabajo ayudando a los propietarios. Todavía estaba casi oscuro cuando vio al borde del camino a unos pastores, que lo saludaron sonrientes; pero Isidongo creyó ver una cierta doblez en su cordialidad; además, cuando ya les había sobrepasado oyó cómo comentaban algo en voz baja.

Siguió hasta la piedra. La piedra era una pequeña roca de granito que se elevaba abruptamente de la llanura; de unos dos metros de altura, su cima tenía  forma de asiento. Isidongo se sentó y observó al sol salir en la lejanía, iluminando con sus rayos los nubarrones grises; delante tenía la sabana alfombrada de verde hierba y salpicada de árboles aquí y allá; y al fondo las montañas tras las cuales vivían los Miasa, esa gente tan rara.

Pero el desasosiego le impedía disfrutar de tanta  belleza. Ozymandias era una buena mujer, no sólo muy hermosa, sino también afectuosa y trabajadora. A él le parecía la más bella de todas. Su convivencia había sido tranquila, sólo manchada por la falta de hijos, pero aún había esperanza. ¿Por qué entonces se había ido con Norongoro?  ¡Ese desgraciado que no había querido o podido formar una familia, y que vivía solo en las afueras! Bien es cierto que era fuerte y alto, y que poseía un brillo en los ojos y una cautivadora sonrisa. Su atractivo era muy comentado entre las mujeres. ¿Era él más endeble, más soso, menos viril que Norongoro? ¿Por qué se había ido ella con él? Se la imaginó en sus brazos, sonriente, besando y siendo besada, suspirando de placer y de pasión. ¿Eran los hombres como los chacales y los lobos, donde sólo algunos machos dominantes tenían derecho a procrear? ¿Era él un macho de segunda?

De pronto empezó a llover torrencialmente. No hacía frío. Se dejó empapar. Olía fuerte a tierra mojada. Ese olor, el cuerpo mojado, la vista del sol, le infundieron una vitalidad intensa. Tenía ganas de vivir; ¡vivir! Pero sus pensamientos no le dejaban.

De un salto bajó de la piedra y emprendió el camino de vuelta. Entonces, a lo lejos, distinguió una figura que se aproximaba; al poco reconoció a Norongoro. Un odio sordo se apoderó de él a medida que se acercaban; apretó los dientes y cerró los puños; cuando estaba ya muy cerca, Norongoro se le acercó con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja, llamándole “hermano”, pero él, presa de un súbito impulso, se agachó, cogió una piedra y, cogiendo a Norongoro por sorpresa, le dio un golpe seco en la cabeza.  Norongoro se desplomó; Isidongo miró hacia abajo y vio el cráneo destrozado como un cántaro roto. Tiró la piedra y siguió avanzando, lento,  hacia el poblado. Siguió andando. Comprendió que su vida estaba definitivamente arruinada.

Llegó a su casa; Ozymandias no estaba; habría ido a ver a su madre; ni siquiera se le ocurrió otra posibilidad. Se sentó en su camastro con la espalda apoyada contra la pared y se puso a mirar fijamente las grietas que la cal formaba en la pared de enfrente.

El tribunal de propietarios se sintió desbordado cuando conoció la noticia. Desde hacía una generación, coincidiendo con la llegada de los ingleses, la juventud parecía haberse vuelto loca, dándole una importancia exagerada a ciertas cosas. ¿Cómo podían los ingleses haber causado este cambio, incluso en poblados remotos, donde el único inglés era el misionero y su familia? Los notables se sintieron aliviados cuando llegó la orden del gobernador provincial: el caso sería juzgado por un tribunal en la capital, según el sistema jurídico colonial. "¡Ya está bien de tradiciones que está demostrado que no sirven para nada!", se dice que gritó el gobernador al firmar la orden. Un par de días después llegó una furgoneta con cuatro policías nativos al mando de un suboficial británico y detuvo, esposó y se llevó a Isidongo.

Tras más de 500 kilómetros por pistas llenas de baches y charcos, Isidongo fue internado en la cárcel de la capital. El calabozo era un pequeño cuarto del sótano, de unos seis metros cuadrados, con una reja como puerta y un poyete que servía a la vez de cama y de silla. Allí pasaba los días, siempre sentado con la espalda apoyada contra la pared y mirando fijamente a la pared de enfrente. No pensaba en nada. Todo le era indiferente. No odiaba ni amaba a Ozymandias. Apenas probaba la sopa de nabos que le servían como almuerzo y el plátano que le daban de cena.

Se le asignó un abogado de oficio. Era un nativo con ciertos estudios de derecho que estaba autorizado a intervenir en los litigios entre los de su raza. Acudió un día, borracho, y estuvo cinco minutos con Isidongo, que contestó a sus pocas preguntas con monosílabos.

Un día, sin embargo, hubo una sorpresa. El guardia le informó que tenía visita, y poco después apareció una mujer muy anciana, pequeña, encorvada y arrugada, que caminaba con pasitos cortos. Entró en la celda, le besó en la frente, apretándole las mejillas con las manos, se sentó en el poyete y se dio unas palmaditas en los muslos. Isidongo entendió en seguida y se recostó sobre ellos, como un bebé, procurando no hacerle daño. Ella entonces se puso a atusarle el pelo y acariciarle las mejillas, en silencio. A veces lo estrechaba contra su pecho. Cuando pasó la media hora reglamentaria, apareció el guardia, abrió con gran estrépito de llaves la reja y la anciana se levantó y salió. El guardia le cedió el paso con respeto. Se fue sin decir nada. No habían cruzado una sola palabra.

Pocos días después se celebró el juicio. El juez era un inglés que no ocultaba su desagrado por haber sido encargado de juzgar  un  litigio entre  salvajes. Para él el hecho de que sus colegas le hubieran asignado el caso era una humillación. El abogado por su parte se limitó a pedir clemencia. Tras sólo cinco minutos de deliberación el juez dictó sentencia: cadena perpetua. Isidongo no había dicho una palabra.

Volvió a su celda y se volvió a sentar contra la pared. Cada vez tenía menos apetito. Adelgazaba día a día. No salía al patio la hora autorizada. Unas semanas después el guardia entró una mañana y notó algo raro. Isidongo no se movía, pero aunque nunca lo hacía, esta vez había algo diferente. El guardia se acercó, le tocó, y al notar la frialdad de su cuerpo, comprobó que Isidongo había muerto. 

El oficial médico de la prisión, un inglés joven recién graduado, le hizo una rápida autopsia y no encontró ninguna patología, con lo que anotó como causa de la muerte “paro cardíaco”. De todas formas,  quedó muy sorprendido con el caso, y, como todo profesional con gran vocación, empezó a recopilar datos. Decidió que escribiría su tesis doctoral sobre él; era una caso muy interesante desde el punto de vista profesional.   

viernes, 13 de marzo de 2015

Mañana de Martes



MAÑANA DE MARTES

Aquella mañana de martes la señora X se despertó animada porque sabía que iba a poder hablar con alguien. 

Se hizo un rápido desayuno, se arregló un poco y rompió adrede la suela de uno de sus zapatos de tacón. Entonces se dirigió al cuchitril del señor  Y, un pequeño bujío de no más de 10 metros cuadrados en el cruce de dos estrechas calles de la judería, justo donde una de ellas se ensanchaba un poco. Allí estaba siempre Y, remendando zapatos, sentado en una vieja banqueta de madera y rodeado de una montaña de zapatos viejos. 

Llegó, intentó poner su mejor sonrisa, le saludó y le contó el problema del zapato. “Esto no es gran cosa, si se espera usted un poco en 15 minutos se lo tendré arreglado”, dijo Y.

“Fantástico”, pensó la señora X, “esos 15 minutos se convertirán en 30, y 15 minutos más que le podré estirar ¡me garantizan 45 minutos!”.

“Siéntese, señora”, le dijo el señor Y, con su sonrisa siempre bondadosa, y le señaló otra banqueta vieja. El señor Y era un hombre mayor, bueno en realidad más o menos como ella. 

Entonces empezó a hablarle de su expareja, de la que se había separado haría ya unos cinco o seis años, y de lo malo que había sido. Había sido un hombre egoísta, agarrado y a la vez manirroto, gandul, caprichoso, nada cariñoso, y además ella creía que no la quería, que no la había querido nunca.

“Pero entonces”, intervino por una vez el señor Y, “su separación de él es toda una bendición de Dios, y que la abandonara, toda una suerte.”

Pero la señora X ya no escuchaba. Como coche sin frenos, siguió hablando sin parar del desastre que había sido su pareja y su relación. Entonces cuando por fin calló un momento, el señor Z surgió de entre las sombras del oscuro cuchitril, justo detrás de donde estaba sentado el señor Y, algo a su derecha. Era un señor ya mayor – bueno más o menos de la misma edad que la Sra. X también – con buen aspecto, que había estado allí todo el tiempo sin que la Sra. X lo advirtiera. Se puso de pie y, con gestos de las manos que intentaban inspirar confianza, se dirigió a la Sra. X en estos términos:

“Señora, perdone mi intromisión, pero no he podido evitar escuchar. Sólo le quiero decir que tiene usted unas excelentes dotes de narradora, además de una voz muy bonita. Me encantaría que me aceptara invitarla a un café y poder seguir charlando con usted.”

Absolutamente atónita, la Sra. X no pudo sino farfullar un graaaa-ciiii---aaaaas. Entonces se puso de pie y salió corriendo, literalmente. Chocó con el escalón de salida del cuchitril, y se cayó. Tanto el señor Y como Z  se abalanzaron para ayudarla, pero ella fue más rápida y se incorporó antes. Con el tacón roto, ahora roto de verdad, escapó corriendo por la larga y estrecha calle de la judería, donde por unos segundos sólo se oyó el ti-toc-toc, tic-toc-toc de sus pisadas cojeando en el adoquinado. Y y Z permanecían de pie en la puerta. La calle estaba solitaria, pues era aún muy temprano. Z le dijo a Y, “verdaderamente tenía una bonita voz, y me hubiera gustado charlar con ella.”